La reforma romántica que recuperó una tradición

Silvia Galán Hernández, musicóloga

La reintegración del canto gregoriano y el revivir de la música litúrgica a capella de Palestrina, Lasso, Anerio y Victoria son el principio y fin en sí mismos."

"Siguiendo el ejemplo de Proske, el cual falleció en 1861, Witt, Haberl y otros seguidores del ardor cristiano, alcanzaron la Música Divina, que no debe seguir estando enterrada como letras muertas en las bibliotecas, sino realmente ser cantadas, publicadas nuevamente y reinterpretadas en nuestras iglesias”.

Estas palabras del compositor húngaro Franz Liszt cuyo centenario, con motivo de su nacimiento en 1811, se celebra igualmente este año, exponen claramente los ideales que marcaron el transcurso de una reforma decimonónica que garantizó sin duda la recuperación de una tradición musical sacra prácticamente perdida. La polifonía renacentista.

Es el movimiento artístico romántico el que destaca por múltiples particularidades, entre las cuales sobresale la creación de numerosas asociaciones alemanas para la defensa del catolicismo bávaro cuya música se vio afectada por un inadecuado uso musical en la liturgia, al igual que en otros muchos lugares de Europa, como es el caso de Italia. La situación en las iglesias italianas era alarmante a ojos del Vaticano, debido a la excesiva popularidad de las melodías operísticas y del uso masivo de instrumentos en la liturgia. Como consecuencia, la figura papal se encargó de preservar unas connotaciones artísticas lo más adecuadas posibles a la fe católica en el entorno de la Capilla Sixtina, considerada asimismo, como cuna de la tradición artística.

Esta serie de movimientos de pensamiento se comenzaron a desarrollar a mediados del siglo XIX, cuando personalidades como Karl Proske (1794-1861) incentivaron la necesidad de una reforma en el contexto de la música sacra que se venía practicando en la liturgia alemana del momento. Será 1869 el año que vio nacer a la Allgemeine Deutsche Cäcilien-Verein, sociedad pionera del movimiento cecilianista encabezada por el compositor alemán Franz Witt y cuyo centro neurálgico fue la ciudad de Ratisbona. Este proyecto se asentó sobre las bases de la ideología que Proske llevó a cabo a raíz de la publicación de su Musica Divina en el año 1853, colección musical que reunió todas aquellas piezas pertenecientes a los compositores renacentistas posteriores al Concilio de Trento (1545-1563), como Tomás Luis de Victoria y que fue una fuente idónea para entender la concepción de restauración llevada a partir de estos años.

En una de sus páginas aparece un motete del compositor abulense para la festividad de San Andrés titulado Doctor bonus amicus Dei Andreas a cuatro voces, entre otros.

Esta colección está compuesta de cuatro volúmenes, finalizados en el año 1863 y completados por una segunda selección denominada Selectus Novus Missarum, publicada entre 1856 y 1861. La aparición de este corpus musical incitó el estudio del arte de épocas pasadas, provocando el resurgimiento tanto del repertorio gregoriano como del compositor Giovanni Pierluigi da Palestrina y otros destacados contemporáneo como nuestro compositor más internacional, considerados como modelos del espíritu católico, cuya estética se conservaba únicamente en el contexto de la Capilla Sixtina y donde la tradición interpretativa a explotar es la conocida como stile antico, es decir, una reconstrucción estética fiel a la desarrollada en los siglos XVI-XVII.

El criterio musical que Karl Proske llevó a cabo a la hora de seleccionar las piezas que formarían dicha colección fue su inclinación hacia aquellos fragmentos que, por su sencillez homofónica, se prestaban a ser unos buenos modelos de uso litúrgico. Franz Liszt, partícipe de esta reforma, escribió en una carta a Johann von Herbeck las siguientes líneas: “El compositor de música de la Iglesia es, a la vez, predicador y sacerdote, y lo que la palabra no consigue hacer llegar a nuestra percepción, el sonido lo convierte en alado y claro”.