1583a

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RISM: 
V1431
Cramer: 
P05, 1583a
Thomae Ludovici a Victoria Abulensis. Missarum libri duo quae partim quaternis, partim quinis, partim senis concinuntur vocibus. Ad Philipum Secundum Hispaniarum Regem Catholicum. Romae. Ex Typographia Dominici Basae. M D LXXXIII. Cum licentia superiorum.

294 páginas en folio máximo.

51 x 32 cm.

Dedicatario: Felipe II

 

[Portada: fotografía digital del Museo Internazionale e biblioteca della musica di Bologna]

Dedicatoria

A FELIPE SEGUNDO, CATÓLICO REY DE LAS ESPAÑAS 

TOMÁS LUIS DE VICTORIA LE DESEA SALUD Y FELICIDAD

 

Desde el día en que partiendo de España con dirección a Italia llegué a Roma,  además de otras nobles ocupaciones a las que durante algún tiempo me entregué, he dedicado mucho esfuerzo y preocupación a la música. Sin embargo, desde el principio me propuse que, satisfecho sólo con su conocimiento, no me conformara solamente con el placer de los oídos  y del espíritu sino que, yendo más lejos, sirviera ésta de provecho -en la medida de mis fuerzas- para el presente y para el futuro. Así pues, habiendo trabajado especialmente en esa disciplina a la que la misma naturaleza me guiaba con un secreto instinto e inclinación, para que los frutos de mi ingenio alcanzaran más difusión, me entregué a la labor de adornar con modulaciones especialmente aquella parte que se celebra con más frecuencia en la Iglesia católica. Pues ¿qué mejor fin debe tener la música  que para las divinas alabanzas del Dios inmortal de quien brotó el número y la medida? ¿Qué obras están tan admirable y tan sutilmente dispuestas que proporcionen y muestren una cierta increíble armonía y concierto? Por lo cual, se ha de considerar que se equivocan más gravemente y que por ello deben de ser castigados con más dureza los que a un arte de lo más honesto, pensado para aliviar las preocupaciones y para serenar el espíritu con un deleite casi necesario, lo trastornan para cantar amores indecentes y otras cosas indignas. Por esta razón, para no abusar del don del Dios Óptimo y Máximo de quien todos los bienes proceden, dediqué todo el empeño y aplicación de mi ingenio a las  cosas sagradas y a las eclesiásticas. Quiero que quede a juicio de los demás en qué medida he sobresalido en ello. Según la opinión y el testimonio de los expertos y de los entendidos me parece que lo he conseguido hasta el punto de que no tengo por qué arrepentirme nunca de mi labor y de mi trabajo. Y habiendo antes compuesto y  publicado muchas obras que noté que habían sido recibidas con aplauso, quise, ya cansado, para acabar de componer y para descansar finalmente con un honesto retiro, al haber puesto fin a mis obligaciones, y también para entregar mi espíritu a la contemplación divina, tal y como conviene a un sacerdote, quise, repito, añadir este postrero alumbramiento de mi ingenio al que graves razones en el momento de su publicación y también en el momento de  su concepción me impulsaron, tanto en mi espíritu como en mi pensamiento, a que se lo dedicara especialmente a Vuestra Majestad. Pues tras una larga ausencia, cuando vuelvo a ver mi suelo natal y por razón de mi oficio llego a Vuestra real presencia, no debía presentarme de vacío sino ofreceros algún regalo que fuera el más apropiado a mi profesión y ministerio y lo más grato a Vuestra majestad. En verdad, ningún argumento mayor o de más peso se le puede ofrecer a un músico para que lo ponga en canto y música que el sacrosanto misterio y sacrificio de la Misa. Con esta empresa fue mi gusto terminar mis trabajos. Esta obra, compuesta por un español, ¿a quién se le debía con más justicia que al católico rey de las Españas, piadoso y digno del amor de Dios? En efecto, comprendo y confieso que un príncipe tan importante es el más apropiado para regalos de mucha  mayor enjundia; sin embargo, es propio de la clemencia de los reyes poner su atención cuando se trata de sus súbditos y de sus subordinados en la intención, no en el regalo. Pues no es posible que la generosidad de un particular esté a la altura de la dignidad real. Ciertamente confío en que este regalo mío, honrado con Vuestro nombre y Vuestro patrocinio, no será indigno de la Real Capilla. Sólo me falta el que Vuestra Majestad lo reciba con esa afabilidad con la que pone de su parte a todos los mortales y que a mí, su súbdito, el más respetuoso de su augustísimo nombre acoja en su alma regia  para la que yo en su favor, mientras viva, como es mi obligación y piden las circunstancias de un estado cristiano, pediré del Dios omnipotente y Rey de reyes  que todo le sea próspero y feliz.

 

Viva y reine por largo tiempo .

 

Traducción: Luis González Platón. 

Fuente bibliográfica: Tomás Luis de Victoria: Pasión por la música, Ana María Sabe Andreu, Institución Gran Duque de Alba, Ávila, 2008.

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Fuente original

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