1605

1605

RISM: 
V1436
Cramer: 
P15, 1605
Thomae Ludovici de Victoria, Abulensis, sacrae Caesare Maiestatis Capellani. Officium Defunctorum, sex vocibus. In obitu et obsequiis Sacrae Imperatricis. Nunc primum in lucem aeditum. Cum permissu superiorum. Matriti, ex Tipographia Regia.

40 x 27 cm.

30 folios: 2 primeros sin foliar más 28 foliados

Dedicataria: Princesa Margarita

Dedicatoria

A LA SERENÍSIMA PRINCESA Y SEÑORA DOÑA MARGARITA, 

hija de los Emperadores Maximiliano y Maria, que profesa en Madrid en el Real Monasterio de la Madre de Dios

Tomás Luis de Victoria, abulense, su humilde Capellán, le pide salud y protección.

 

Fue costumbre entre los antiguos, Serenísisma Princesa, ofrecer  a sus dioses  sacrificios y ofrendas en la misma medida en que los habían recibido de ellos: de la misma manera que tenían por costumbre ofrecer ovejas a Pan, frutos a Ceres, racimos a Baco, frutos a Pomona y arcos y flechas a Apolo como muestras de un alma agradecida,  así también se propusieron poner ante la vista de todos el poder y la bondad de sus dioses e igualmente sus maneras y su modo de ser. En verdad, para mí, que tengo puesto el pensamiento en cómo compensar de alguna manera tus beneficios hacia mi persona, ningún camino se me presenta más cómodo que ofrecerte unos regalos en la misma medida que yo tuve la suerte de alcanzarlos con tu bondad y con la de la sagrada familia de los Austrias; regalos que no son sino la Música y la Armonía. Y puesto que estas composiciones las he compuesto con vuestro apoyo, favorable a mi persona y sus frutos sólo a vosotros os corresponden, te los entrego con jovial y alegre semblante, como el mosto a Baco o las perlas a Anfitrite. Muy tosco y pobre regalo, indigno de tan grande heroína y de tan grande prosapia. Pues ¿qué valor tiene lo que se ofrece a la familia de los Austrias que brilla ya con perpetua gloria durante tantos siglos por causa de sus  Reyes, Emperadores y Príncipes conocidos en todo el mundo, que lleva su propia prosapia y la eleva hasta una cumbre tal de fortuna y de poder cual nunca jamás los vio edad alguna, de tal forma que ya no sólo todos sus vasallos la honran con fidelidad y  los enemigos la temen y la imploran sino que la envidia misma, queriendo o sin querer, la antepone a todas las familias de la tierra? Esta es la que a ejemplo de los Escipiones no cría soldados sino generales de tal condición que no pudiendo soportar el yugo servil, no saben obedecer ni luchar con inferiores; o a ejemplo de las águilas y de los leones, que sufren desdoro por cazar gorriones o conejos; o a ejemplo de Alejandro Magno, que en los Juegos Olímpicos no quiso competir salvo con reyes; así son los Austrias, no unos soldados que llevan espada sino Héroes adornados a la vez con espadas y cetros. Y tampoco, como hacen los Otomanos, que deseando con avidez el poder van en su busca mediante parricidios o se destruyen hiriéndose los unos a los otros sino que viviendo en concordia esperan placidamente la hora del Poder y entonces se muestran verdaderamente tal y como son. ¿Qué mas voy a decir? Añadiré sólo esto: esta familia trató de conseguir el más potente imperio de todo el mundo con estas mismas habilidades con las que lo retiene y lo rige que son la piedad y las maneras legítimas. ¿Por qué es necesario hacer un recuento de aquellos innumerables héroes, insignes en las artes de la guerra y de la paz que en esta familia florecieron? Para abreviar, ahí tenemos a Carlos V, terror del mundo al que nadie venció, que, como un nuevo sol, comenzó a lucir en el poniente haciendo frente al sol del oriente; incluso se atrevió a superar las columnas de Hércules, con audacia mayor que la de Alejandro e puso la inscripción PLUS ULTRA en lugar de NON ULTRA. ¿Es necesario que hable del Magnánimo Felipe, que el Imperio de su abuelo NI CON LA ESPERANZA, NI CON EL MIEDO sino con las armas y con su decisión lo rigió y lo aumentó?  Finalmente ¿Qué diré de Felipe III que lleva  como estandarte la esperanza más elevada de la fortuna y la valentía de su padre y de su abuelo? ¿Qué diré de aquellas insignes heroínas, entre otras la Serenísima MARIA, la emperatriz tu madre, cuya nobleza ilustre  no va a la zaga de nadie, aunque la adorne el haber nacido de sangre de césares en larga y antigua descendencia y el ser hija, nieta, nuera, esposa y madre de Emperadores y hermana y suegra de los Reyes más poderosos, y que sin embargo  con su elevado afán por la piedad y por la religión (que siempre fue el ornato de vuestra familia) superó y aumentó la gloria de su estirpe. Es célebre ésta también en todas partes no sólo por el nombre de su familia sino por el de su progenie, pues dio a luz cuatro hijos, hoy vivos, luz de todo el mundo, de los que uno es Emperador, otros iguales en autoridad a los Reyes; porque ha visto a sus hijas casadas con los más poderosos reyes y a un nieto de su hija lo ha visto como Rey máximo. En efecto, esto es importante pero se te puede hacer una alabanza mayor al revelar que tú, sí, que tú que aventajas en celebridad y riquezas a tu familia, haciendo desprecio del regalo de la belleza por causa de Jesucristo, rechazando las bodas con los Príncipes más importantes y sintiendo aversión por los placeres y el lujo de la corte, preferiste unirte en matrimonio con CRISTO, eligiendo una vida monástica (aunque nada diré de tus excelentes virtudes, pues no necesita el Sol la luz de las antorchas para lucir más ni el mar, los ríos que fluyen en él para parecer mayor, ni tus virtudes,  ningún encomio para que tengan mayor claridad puesto que son mayores que toda alabanza o encomio.) Y ya que tuve en mi ánimo durante mucho tiempo agradecerte este santo propósito tuyo, nada me pareció más  idóneo que revisar aquella obra que compuse para las exequias de tu Serenísima madre y, a modo de canto de cisne, darla a la luz bajo el patrocinio de tu nombre. Acoge, pues (serenísima princesa) esta pobre cosecha, pero que es ofrenda, sin embargo, de tu agricultor. Acógela, sí, con aquel mismo ánimo con que el persa Artajerjes recibió el agua que le ofreció un rústico. El campesino, viendo que el rey ya poseía el poder del mundo entero y que había conseguido victorias por tierra, no tuvo otra opción salvo ofrecerle el Imperio del mar y, como un presente, le ofreció una muestra de sus aguas. Yo, al ver una gran parte de la tierra y del mar sometida bajo los pies de los Austrias, qué opción tengo sino que los que sin tregua adornan sus cetros con diademas, alcancen en el cielo finalmente su última corona cuyo testimonio en forma de música sagrada y celeste armonía les hago entrega, Tú, viendo no el regalo, sino el ánimo del que lo da y el humilde obsequio para tu Serenísima Madre difunta, para ti y para todos los tuyos, favorece esta empresa, esperando en otro tiempo, si Dios me concediere una vida más larga, dones mayores. Quede con salud y adiós, Serenísima princesa. En Madrid, en los Idus de Junio, en el año de la renovada salvación 1605.

 

Traducción: Luis González Platón. 

Fuente bibliográfica: Tomás Luis de Victoria: Pasión por la música, Ana María Sabe Andreu, Institución Gran Duque de Alba, Ávila, 2008.

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